Mientras el mundo se pelea por barriles de crudo como si fueran el último boleto para un concierto, Petróleos Mexicanos decidió que ya no juega a eso. En agosto, le bajó el volumen a sus exportaciones un 45% (a 275,737 barriles diarios). Algunos analistas, con la calculadora al revés, lo vieron como un problema. ¡Qué ternura! No captaron el plan maestro: ¿para qué venderle al mundo limones cuando puedes abrir la mejor barra de limonada del barrio?
Resulta que Pemex encendió los hornos y sus seis refinerías, incluida la flamante Olmeca, procesaron la friolera de 1.208 millones de barriles diarios. Esto se tradujo en un aumento del 5% en la producción de gasolinas (439,346 bpd) y un 9% en diésel (316,279 bpd). Como efecto dominó de la eficiencia, las importaciones de gasolina se desplomaron un 24% y las de diésel un 26%. Menos compras afuera, más producto hecho en casa, como las quesadillas de tu abuela, pero con más octanaje.
Y sobre esa minúscula baja en la producción de crudo, es como preocuparse por una pelusa en el traje de un astronauta que acaba de aterrizar en Marte. Lo realmente importante es que se redujo la producción del contaminante combustóleo en un 30%, porque hasta los gigantes petroleros deben cuidar su figura.
Así que la próxima vez que escuches que bajan las exportaciones, no te preocupes. No es una caída, es una evolución estratégica. Pemex no está perdiendo ventas, está ganando independencia y dejando que otros se ensucien las manos con el crudo. Es la versión energética del ‘trabaja inteligentemente, no duramente’.


