Suenan las alarmas en el palacio de Pekín, y no es porque alguien quemó el arroz. El Consejo de Ministros, con el primer ministro Li Qiang a la cabeza del comité de pánico, se dio cuenta de que la economía china avanza más lento que una conexión a internet de los noventa. Al parecer, el gigante asiático se está tomando una siesta no programada, y han decidido que la solución es gritarle al oído y echarle un balde de agua fría en forma de «medidas de apoyo anticíclicas».
La brillante estrategia, salida de una reunión que seguro tuvo más café que ideas, consiste en aplicar las políticas que ya tenían pero, esta vez, «con más ganas». Además, han ordenado acelerar la emisión y el uso de bonos del Estado, que es la forma elegante de decir que van a poner a la impresora de billetes a trabajar a toda máquina. Básicamente, el plan es solucionar los problemas gastando dinero que pedirán prestado, una táctica que cualquier persona con tres tarjetas de crédito conoce a la perfección.
En un comunicado que intentaba sonar sereno, el Consejo de Estado afirmó que, ante los «problemas surgidos», era necesario «intensificar los ajustes». Traducido del lenguaje burocrático al español de a pie: «¡Auxilio, esto no está funcionando como decían los gráficos! ¡Hay que mover palancas, apretar botones y cruzar los dedos muy fuerte para que lleguemos a la meta de fin de año!». El objetivo es alcanzar ese soñado crecimiento de entre 4.5 y 5.0 por ciento.
Para darle un empujón a la cosa, también desempolvaron el plan quinquenal y le soplaron el polvo a la sección de «grandes proyectos de infraestructura». Esto significa que pronto veremos grúas y excavadoras por todas partes, construyendo puentes, carreteras y quién sabe qué más, en un intento desesperado por mantener a la gente ocupada y los números en verde. Es el equivalente a cuando no sabes qué regalar y terminas comprando calcetines para todos.
El drama se desató porque el crecimiento económico del segundo trimestre se desaceleró a un 4.3%, una cifra que tiene a los líderes chinos más nerviosos que un gato en una habitación llena de mecedoras. Ese pequeño tropiezo ha sido suficiente para que pongan en marcha todo el operativo de reanimación económica, demostrando que en las altas esferas no hay margen para un mal día.
Así que, en resumen, el plan maestro chino es gastar más rápido, construir cosas más grandes y esperar que la economía despierte de su letargo antes de que se acabe el año fiscal. Una estrategia de «patear la lata hacia adelante» que demuestra que, sin importar la potencia mundial que seas, a veces la única solución que se te ocurre es la de pisar el acelerador a fondo y rezar para que no te quedes sin gasolina.


