Como ese amigo que lleva tres horas despidiéndose en la puerta de la fiesta, las fuerzas estadounidenses finalmente han decidido que ya es hora de pedir el Uber para irse de Irak. Tras 23 años de una «visita» que se alargó más que sobremesa de domingo, los gringos empacan sus cosas, dejando atrás un país con una mezcla de alivio y pánico existencial, similar a cuando tus padres se iban de viaje y te dejaban la casa para ti solo. La pregunta en el aire no es quién se quedó con el control remoto, sino quién va a impedir que los vecinos locos se metan a la piscina.
La retirada, que se siente como el final de temporada de una serie larguísima que ya nadie entendía, deja un vacío de seguridad que se siente como cuando se va la luz en una casa embrujada. Los primeros en sacar las serpentinas y el confeti son las milicias apoyadas por Irán, que ya están descorchando la sidra como si fuera Año Nuevo. Y en las sombras, como ese ex tóxico que sigue viendo tus historias en redes sociales, el resurgente Estado Islámico se frota las manos, pensando que quizás es un buen momento para una gira de reunión. Todo esto, curiosamente, fue un plan de Biden que terminó ejecutando Trump, demostrando que en política, como en las herencias, a veces te toca hacerte cargo del desorden de otro.
Recordemos el capítulo piloto de esta saga: en 2003, Estados Unidos llegó para «liberar» a Irak de Saddam Hussein, una intervención que resultó en un caos digno de pelea en cena de Navidad familiar. Luego se fueron en 2011, solo para volver tres años después con el clásico «creo que se me olvidó algo», que en este caso era derrotar al Estado Islámico. Veintitrés años, miles de millones de dólares y un número trágico de vidas después, la sensación general entre los iraquíes es la de alguien que por fin echa a su inquilino moroso, pero ahora teme que las tuberías exploten y no sabe a qué fontanero llamar.
Mientras tanto, en Teherán, los líderes iraníes están que no caben en sí de la alegría, presentando esta retirada como una victoria de su «eje de resistencia», que suena a nombre de banda de rock de los ochenta. Los analistas locales, con la misma cara de preocupación de quien ve la última factura de la luz, advierten que el verdadero peligro no es que Irán invada, sino que sus grupos afines se sientan como adolescentes con casa sola y decidan organizar una fiesta sin permiso. La moraleja de esta historia parece ser que salir de una relación de más de dos décadas es complicado, sobre todo cuando dejas la puerta de atrás sin cerrojo y al vecino chismoso con una copia de tus llaves.


