Jorge Kahwagi partió a los 58 años, pero su inmortalidad no la selló su vida política, sino su carrera pugilística, una obra maestra de la ficción deportiva. Su muerte revivió el recuerdo de su clímax artístico: el legendario combate de 2015 en Filipinas contra Ramón Olivas.
La escena: Cebú, 11 de julio de 2015. Un Kahwagi de 47 años, con un físico que gritaba “vida de exdiputado”, reaparecía tras una década. Su oponente, Ramón Olivas, subió al ring con la aparente instrucción de no arrugarle el atuendo a su rival. Durante 40 segundos, ambos se dedicaron a un intercambio de golpes que parecían caricias de aire, una danza interpretativa donde el contacto físico era meramente opcional. Un gancho izquierdo, lanzado con la ferocidad de una pluma cayendo, hizo que Olivas se desplomara dramáticamente sobre la lona.
El réferi, cumpliendo su papel en la producción, inició un conteo que Olivas apenas superó antes de volver a caer por una combinación que ni el viento sintió. El nocaut técnico más rápido de su carrera selló su récord perfecto de 12-0, con todas las victorias por la vía del desmayo conveniente. El público filipino, en lugar de aplaudir, estalló en risas y rechiflas, reconociendo el arte escénico cuando lo tenían en frente.
Así nos dejó un titán invicto, al menos en el papel. Su legado es la prueba de que el golpe más poderoso no es el que conecta, sino el que se actúa con una convicción dramática que desafía a la lógica y a la mismísima gravedad.


