Agarren sus carteras, porque el gobierno nos tiene preparada una sorpresa que no es precisamente un aumento de sueldo. Resulta que, a pesar de las promesas de apretarse el cinturón fiscal, la deuda pública del país se perfila para alcanzar un tamaño digno de récord Guinness al final del sexenio de Claudia Sheinbaum. Es como ese amigo que jura empezar la dieta el lunes, pero se la pasa todo el fin de semana en la taquería “por última vez”.
Las proyecciones de la Secretaría de Hacienda son para llorar, pero de risa nerviosa. Se espera que para el 2030, la deuda, en su versión más robusta y sin filtros, llegue al 56.4% del Producto Interno Bruto. Para que se den una idea del fiestón, este año ya cerramos con un histórico 54%, así que en los próximos años le vamos a subir otras 2.4 rayitas al volumen de la pachanga crediticia.
Según los genios de México Evalúa, para que la deuda no se nos saliera de las manos, el déficit debería ser del 2.5% del PIB, una cifra casi de cuento de hadas. Sin embargo, el plan es tener un déficit del 3.4%, que es un 57% más de lo que se necesitaría para mantener la calma. Es como intentar apagar un incendio con una de esas pistolitas de agua que regalan en las ferias.
Y ahora, la parte que le duele al bolsillo de la gente común y corriente. Para el 2027, la deuda equivaldrá a que cada mexicano, desde el recién nacido hasta el abuelito, deba unos 160,000 pesos. Esto representa 11,000 pesitos más que en el 2025. Es como si de repente te llegara el estado de cuenta de una tarjeta de crédito que ni sabías que tenías y que alguien más usó para comprarse un yate.
Mientras tanto, las agencias calificadoras, esos aguafiestas internacionales, ya están viendo todo este desastre con cara de preocupación, como suegra que visita tu casa sin avisar. El gobierno dice que les responde de “manera modesta” para calmarlos, lo que suena a que si la casa se está quemando, ellos prometen solemnemente ir a comprar un extintor… la próxima semana, si no hay mucho tráfico.


