El nuevo gobierno de Colombia ha hecho lo que cualquier adulto responsable hace cuando la tarjeta de crédito echa humo y la nevera está vacía: llamar a un supervisor con mucho dinero. Oficialmente han solicitado al Fondo Monetario Internacional que inicie una misión técnica para revisar sus cuentas. Es el equivalente a invitar a tu suegro millonario a tu casa para que vea el desorden y, con suerte, se compadezca y te deje un billetito debajo del cojín del sofá.
La razón de esta llamada de auxilio es que, según el ministro de Hacienda, Miguel Gómez, recibieron las finanzas del país en un estado «grave». Al parecer, el gobierno anterior de Gustavo Petro administró la economía como un adolescente con la tarjeta de su papá. Las cifras son para llorar en la ducha: el Estado se gasta unos 40 billones de pesos al mes, pero solo le ingresan 29 billones. Una matemática que ni al más borracho se le ocurriría para justificar la siguiente ronda.
El ministro Gómez se lamentó diciendo que «el daño de estos cuatro años no se resuelve en los 50 días que llevamos administrando el desastre». Esta es la versión gubernamental de «no fui yo, ya estaba así cuando llegué», una excusa clásica para justificar por qué la casa seguirá hecha un caos por un buen tiempo. Mientras tanto, el presupuesto ya está más comprometido que un novio en la víspera de su boda.
Así que esta «Consulta del Artículo IV» es básicamente el FMI llegando con una lupa gigante para examinar hasta el último recibo y factura. El gobierno de Abelardo de la Espriella espera que esta auditoría sirva para poner algo de orden, recuperar la confianza de los que prestan plata y encontrar alguna fórmula mágica para tapar el agujero fiscal. Es como ir al psicólogo para que te ayude a entender por qué siempre terminas endeudado a fin de mes.
No es la primera vez que el país recurre a este costoso terapeuta financiero. Ya hubo tres programas previos, siendo el más recordado el de 1999, cuando la crisis era tan monumental que pidieron prestados 2,700 millones de dólares. Los expertos esperan que, si las cosas salen bien, Colombia termine en un programa similar: un plan de ajuste con metas estrictas, como una dieta impuesta por un nutricionista que te odia en secreto.
Tras su visita, el subdirector del FMI, Nigel Clarke, felicitó al gobierno por su «compromiso» para recuperar la disciplina, que es la forma diplomática de decir «qué bueno que al menos se dieron cuenta del desastre que tienen». Ahora solo queda esperar a ver si el remedio del FMI será un par de consejos amistosos o una cirugía económica a corazón abierto y sin anestesia.


