Parece que la Asamblea General de la ONU se convirtió por un rato en el escenario de una pelea de vecindad de las buenas, con gritos, acusaciones y portazos. El protagonista del drama, como no podía ser de otra manera, fue Donald Trump, quien subió al podio con su peinado desafiante de la gravedad y se dispuso a repartir leña verbal. El blanco de sus dardos fue Cuba, y la delegación de la isla, harta de escuchar la misma cantaleta, decidió que era mejor momento para ir a buscar un cafecito y aplicó un «ahí te quedas», dejando sus asientos más vacíos que promesa de político en campaña.
En un arrebato de videncia digno de un horóscopo de revista barata, Trump soltó que Cuba «caerá», sin molestarse en dar detalles sobre si será por un tropiezo, un empujón o simplemente de aburrimiento. Mientras tanto, el canciller cubano, Bruno Rodríguez, sacó el móvil más rápido que un vaquero del oeste y se puso a teclear en X que su país es más independiente que un adolescente con su primer sueldo y que las «falsedades» del presidente gringo tienen menos credibilidad que un billete de tres euros. Básicamente, le dijo que sus calumnias no se las cree ni él mismo.
Y para que el mensaje quedara más claro que el agua, antes del drama tuitero, toda la delegación cubana se levantó y se marchó del salón. Un desplante más coordinado que una coreografía de zumba, dejando a Trump hablando solo frente a un montón de sillas vacías. Por su parte, el presidente de la isla, Miguel Díaz-Canel, se unió a la fiesta digital acusando al mandatario estadounidense de inventar más cuentos que un abuelo con insomnio para justificar su obsesión con la isla. Según él, la idea de que Cuba es una «amenaza extraordinaria» suena tan ridícula como un pingüino en el Sahara.
Al final, la relación entre ambos países está más tensa que la cuerda de una guitarra a punto de romperse. Desde que Trump se reinstaló en la Casa Blanca, le ha puesto a Cuba más sanciones que un árbitro quisquilloso en la final del Mundial, incluyendo un bloqueo de petróleo que tiene a la gente buscando combustible hasta debajo de las piedras. Así, mientras uno amenaza con «tomar el control» como si estuviera jugando Monopoly, los otros le responden con un encogimiento de hombros y otro tuit sarcástico. El culebrón caribeño continúa.


