En un movimiento que ha sacudido al mundo de la diplomacia más que un mariachi en una biblioteca, el presidente de Corea del Sur, Lee Jae-Myung, aterrizó en México con una maleta llena de trajes serios y el estómago pidiendo a gritos unos tacos al pastor. Oficialmente, la visita es para hablar de cosas aburridísimas como comercio, energía y la industria aeroespacial. Extraoficialmente, el objetivo principal es asegurarse de que la devoción por BTS no se haya cambiado al regional mexicano.
Como todo político que se respete, lo primero que hizo fue ir a dejar flores a los Niños Héroes, probablemente preguntándose si los cadetes también hacían coreografías tan impecables. Después, se lanzó a Palacio Nacional para el chismecito diplomático con la presidenta Claudia Sheinbaum. El comunicado dice que es para «fortalecer lazos», que en lenguaje de gente normal significa ver quién tiene las telenovelas más dramáticas y si el soju pega más fuerte que el tequila.
La agenda, digna de un maratón de series, incluye la firma de «memorandos de entendimiento» que, según fuentes bien fritas, en realidad son una lista de las mejores taquerías de la ciudad, un mapa para llegar a la Frikiplaza y un acuerdo para no robarse las ideas de los dramas más lacrimógenos. La reunión con la comunidad coreana es, básicamente, para pasar lista y confirmar que no han cambiado el kimchi por el pico de gallo de forma permanente.
Y como si fuera poco, el gran final será una visita a la K-Expo. Fuentes cercanas aseguran que Lee está más emocionado por esto que por cualquier tratado de libre comercio. Además, se discutirá la «cooperación en defensa», que según los rumores, podría incluir un programa de entrenamiento militar basado en coreografías de K-pop para desmoralizar al enemigo con pasos de baile perfectos. Al final, la visita no es tanto sobre la industria aeroespacial, sino sobre la posibilidad de crear el taco de kimchi con soju. La diplomacia moderna, señoras y señores.


