¡Atención, masoquistas del mundo! Se ha abierto la convocatoria para el trabajo más desagradecido del planeta: dirigir la Organización Mundial de la Salud. Tedros Adhanom Ghebreyesus, tras sobrevivir al COVID, al ébola y a los berrinches de Donald Trump, ha decidido que ya tuvo suficiente y deja vacante el trono de «Niñera Oficial del Apocalipsis». La pregunta del millón no es quién ganará, sino quién está lo suficientemente loco para querer este puesto.
El desfile de aspirantes a mártires es digno de un programa de talentos de media tarde. Tenemos a dos doctoras de la península arábiga, una de Qatar y otra de Arabia Saudita, que probablemente podrían financiar la cura de la calvicie con lo que llevan suelto en el bolsillo. Les sigue un médico de Bélgica, un país experto en estar en medio de todos los líos y en hacer buenos chocolates, que esperemos no sea lo único que ofrezca. Desde España llega una epidemióloga, que seguro sabe cómo gestionar una crisis y, con suerte, también cómo organizar una buena siesta para superarla. Y para rematar, el ministro de Salud de Indonesia, un tipo que seguro ha visto cosas que harían a un escorpión pedir un abrazo.
El proceso de selección es tan ágil como un caracol con reuma. Primero, un foro de candidatos en noviembre, para que se tiren los trastos a la cabeza en público. Luego, el Consejo Ejecutivo, cual jurado de ‘Operación Triunfo’, elegirá a tres finalistas en… ¡enero de 2027! Para esa fecha, es probable que ya nos estemos peleando con mutantes por la última lata de sardinas. Es un ritmo perfecto si la próxima pandemia avisa con tres años de antelación por burofax.
Al final del día, da igual quién se quede con la silla caliente. El trabajo consiste en viajar por el mundo, poner cara de preocupación, rogar por dinero y ser el chivo expiatorio perfecto cuando un murciélago decida estornudar en el momento y lugar equivocados. Así que hagan sus apuestas, señores, que el circo de la salud mundial está a punto de empezar una nueva temporada.


