Esta semana, el circo de la economía nos regaló un espectáculo digno de un manicomio. Mientras unos indicadores se disparaban como cohetes en feria de pueblo, otros se desplomaban como la dignidad de un político en campaña. Tratar de entender qué demonios está pasando es más complicado que armar un mueble sueco con el manual en chino, pero aquí te lo resumimos para que al menos te rías de nuestra desgracia compartida.
Por un lado, el Banco de México se puso sus pantalones de niño grande y le dijo a la Reserva Federal de Estados Unidos que no pensaba copiarle la tarea. Con una votación más unánime que la de no querer trabajar los lunes, decidieron dejar la tasa de interés en un inamovible 6.50%. Básicamente, fue el equivalente financiero de decirle a tu vecino millonario: «Gracias por la sugerencia, pero aquí manejamos nuestro propio desastre, con juegos de azar y mujerzuelas».
Mientras tanto, la economía mexicana demostró tener más vidas que un gato de callejón. El Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE) creció un 0.8% en julio, recuperándose como si le hubieran puesto su canción favorita en la fiesta. Claro que, para no perder la costumbre, la inflación también se animó y se subió al 3.42%, recordándonos que la alegría, como el aguacate, siempre viene con un precio que nos hace llorar. Hasta la OCDE se unió al optimismo y subió el pronóstico de crecimiento a un 1.5%, una cifra que suena genial hasta que recuerdas que es menos que el interés que te cobra Coppel.
Del otro lado de la frontera, nuestros vecinos del norte viven en una realidad paralela. La actividad empresarial alcanzó su nivel más alto en cinco años, como si todos se hubieran metido un café cargado con esteroides. Sin embargo, la confianza del consumidor se fue al suelo, tocando un mínimo de cuatro meses. Es el equivalente a organizar la mejor fiesta del mundo, pero que todos los invitados estén en un rincón temiendo la monstruosa cuenta de la tarjeta de crédito y las tasas hipotecarias por encima del 7%.
Para rematar el cuadro de esquizofrenia financiera, los mercados se comportaron como adolescentes con cambios hormonales. El peso mexicano tuvo su peor semana desde marzo, recibiendo más golpes que piñata en posada. En cambio, la Bolsa Mexicana de Valores y Wall Street terminaron la semana con ganancias, celebrando como si hubieran encontrado dinero en un pantalón viejo. El mensaje es claro: mientras tu poder adquisitivo se va por el caño, unos cuantos en un edificio elegante se están forrando.
Así que, en resumen, la economía está completamente loca. Un día está eufórica y al siguiente contempla el abismo desde un puente. Nuestra recomendación es que te aferres a tu cartera, te prepares para cualquier cosa y, si todo sale mal, recuerdes que el apocalipsis zombi sigue siendo una posibilidad para empezar de cero. No parece una mala alternativa, ¿verdad?











